El territorio no está en venta

El territorio no está en venta, es un proceso de reflexión e investigación con habitantes, pensadores y líderes comunitarios de la zona rural de Usme.

Desde la expedición del Decreto 619 de 2000, Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá, que declaró como zonas de expansión urbana sus tierras de cultivo y vivienda, los campesinos de Usme se han visto abocados a defender su lugar y, en esta larga lucha, de 11 años ya, han sacado a la luz un claro pensamiento sobre las múltiples formas de desplazamiento, sobre la viabilidad de los actuales megaproyectos y, más aún, sobre el conflicto entre lo rural y lo urbano, un conflicto central en América desde la Conquista: el conflicto entre la norma y la tierra, la norma que viene de la Metrópolis, y la tierra que debe someterse a ella. Y es, así, por este espinoso camino, que discuten una palabra central en el quehacer del arte: “territorio”.

A partir de los 6 decretos que, desde el 2000 hasta el 2010, han caído en este lugar, con sus órdenes de construcción de 53.000 viviendas de interés social sobre tierras cultivables y sobre uno de los hallazgos arqueológicos más grandes de Latinoamérica y, en contraposición a la norma escrita, la visión de la comunidad y de los mismos habitantes de estas nuevas viviendas, se alza, apenas sobre el suelo, este espacio de exposición.

Texto sobre El Territorio no está en venta

Por: Julia Buenaventura, 2011

Una papa y un maíz se levantan entre papeles, los cuales, apilados en columnas de formato rectangular, se han convertido en materas. Receptáculos capaces de contener tierra y, entre esa tierra, plantas que, en su condición de plantas, nunca permanecen estables. Esto es, jamás terminan su forma, pues es la proliferación constante lo que las hace estar vivas.

Un encuentro que se da como contradicción en los términos. Una “agudeza por oposición”, como la describiría Gracián, y que radica en que un papel, en vez de abrigar palabras, es recinto de una planta.

La hoja de papel y la hoja de la planta comparten, aquí, un espacio inusitado. Un espacio que escapa de la representación: la planta no aparece en el papel como dibujo, o el papel no contiene una descripción de ella. Muy por el contrario, el choque es de forma directa, pues ninguna de la hojas está representando a otra: sencillamente presentan su materia y nada más allá de eso.

Y es justamente ese encuentro, el que desmonta las ficciones que nuestros papeles planos, rectangulares y blancos acostumbran tener: Primero, el papel no es bidimensional -lo que se delata por las pilas-. Segundo, el papel no es permanente, la tierra y las plantas, habrán de acabar con él (pero aún sin tierra ni plantas, después de ser amarillo, pasará a volverse polvo). Y tercero, antes de ser papel ese papel fue una planta, fue un árbol que se levantó tal como el tubérculo que ahora crece en su interior. Es decir, alguna vez esa hoja, ahora blanca y pulida, fue verde y se alimentó de tierra, es decir, de territorio.

El Territorio no está en venta, es una obra en la cual, entre algunas otras cosas, el papel pierde su papel en el teatro social, en el mensaje, para volverse materia. Y es por eso que, en la muestra, conseguimos advertir ese peso que los papeles acostumbran esconder.

En suma, el peso se hace tangible. Aquí, el papel es más pesado que la tierra contenida. Y con esto pierde esa ilusión de bidimensionalidad, de ser recinto de ideas, para hallarse como objeto. Y sin embargo, las ideas, los planes y los proyectos no han desaparecido.

Me explico, los papeles apilados no están exentos de texto sino que, por el contrario, contienen los decretos de Expropiación de la tierra de los campesinos de Usme, región rural de Bogotá, la cual deberá dejar de ser rural para convertirse en urbana, cosa que los habitantes tendrán que vender sus lotes. El Estado comprará y una empresa privada realizará el negocio.

Los precios asignados de manera oficial son ridículos: del orden de dos dólares por metro cuadrado de tierra. Los campesinos no quieren vender, de un lado, porque no quieren dejar de ser campesinos para convertirse en citadinos; de otro, porque sería imposible convertirse en citadinos con los precios ofrecidos.

La transformación del territorio de lo rural a lo urbano se encuentra en esos papeles apilados en la muestra. Así, estos, además de revelar su peso por ser materia, revelan ese peso tan propio de la idea: de las leyes que, sin saber nada de tierra, terminan por destruirla. En suma, los dos tipos de peso operan como yugos. Y la exposición de María se encarga de revelarlos, de explorarlos, de convertirlos en tangibles.

Ahora bien, en vez de quedarse en el yugo, la artista avanza sobre las luchas: la de la planta que se alza sobre el papel o la de los campesinos que se alzan sobre el decreto, para decir que el territorio, en donde crece esa planta, no se encuentra a la venta.

Exhibiciones:

2011, Alianza Francesa, Bogotá.

2011, Biblioteca La Marichuela, Usme, Bogotá.

2013, Galerie Ratskeller, Berlin.

2014, Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Bogotá.

2016, Instituto de Visión, Bogotá.

2016, Salón Nacional de Artistas, Pereira.

2017, Un puesto en la mesa, Odeón, Bogotá.

2019, Colegio Vereda El Destino, Usme

2019, Sala de exposiciones Cinemateca de Bogotá

Colecciones institucionales:

Kadist Art Foundation

Blog del proceso: http://elterritorionoestaenventa.blogspot.com

Agradecimientos: Gustavo Zalamea, Julia Buenaventura

Créditos fotografía:

María Buenaventura, Alianza Francesa, 2011

David Escobar y Sebastián Restrepo. Cortesía 44 Salón Nacional de Artistas, 2016
Marcela Calderón. Cortesía Espacio Odeón, 2017

Juan León Machicado. Cortesía Instituto de Visión, 2016
María Buenaventura, Instituto de Visión, 2016

Julián Santana, Galerie Ratskeller, 2013 María Buenaventura, Instituto de Vosión, 2016