ecología de la liberación

La NASA y la Esa no han entendido que el hallazgo más importante delas investigaciones espaciales es el reconocimiento de que la tierra, como planeta, es un sistema vivo. En cuanto a los intentos de encontrar vida en Marte, Titán, etc. son interesantes, pero de menor importancia.

James Lovelock, https://elpais.com/cultura/2007/03/07/actualidad/1173279600_1173282223.html

Hace unos años supe de la hipótesis Gaia, del químico británico James Lovelock, retomada por la bióloga (planetaria, transformadora y poeta) Lynn Margulis: La Tierra, el planeta entero, se comporta como un organismo, un gran ser vivo.

Un tiempo después leí una entrevista a Lovelock, en la que decía que la biósfera, esa tierra viva, colapsaría en 60 años, grandes porciones del planeta se convertirían en desiertos.

Hacia el final de este siglo, es probable que el calentamiento global haya transformado la mayor parte de la tierra en un desierto y en un descampado. Los únicos lugares donde pueda crecer bastante comida para la supervivencia de la población serán el ártico, islas como Japón, Nueva Zelanda, las islas británicas, y las zonas costeras en general, así como los lugares más montañosos como los Alpes, que seguirán recibiendo lluvia.

(se puede ver la entrevista completa en https://elpais.com/cultura/2007/03/07/actualidad/1173279600_1173282223.html y esta otra que fue la primera que leí: https://elpais.com/diario/2006/05/07/eps/1146983207_850215.html)

Me alarmé: Lovelock parecía el más autorizado para decirlo, conocía –el que más– la atmósfera terrestre, y había logrado en los 90 encontrar el porqué de los huecos en la capa de ozono, y el remedio. Yo no sabía a partir de cuándo contaba él esos 60 años… para las primeras tragedias ¿desde los 70… desde el 2000?… Lovelock descartaba cualquier posibilidad de salvación. Ya no había tiempo de cultivos orgánicos, energías limpias o propósitos de enmienda.

Viví alarmada casi una década. Aún si continuaba haciendo lo que he considerado digno de vivirse, así no fuera salvación: las semillas debían caminar libres, las personas, todos los seres vivos, debían poder disfrutar de sus cuerpos, de este mundo increíble, regodearse en la variedad incontable de formas de vida que hay aún en el más mínimo pedacito de tierra, ser totalmente dueñas de su lugar, su historia y sus sentidos.

Pero claro, me acompañaba la tristeza de la desahuciada que se niega a aceptar su muerte.

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En 2019 asistí al performance de la artista colombiana Marcia Cabrera, El grito de la mujer Cabra, enorme y profundo ritual que recupera el carnaval antiguo, en donde se mezclan público y cantantes en un solo coro, y al bailar en semejante río, tan extraño, tan rebelde, de mujeres cabras y perras, tuve claro que sí, que efectivamente el mundo se acababa.

Fotografia que tome en Ode´n, 45 SNA, Bogot´.

Y dejé la alarma: El mundo en el que vivimos llega a su fin: está naciendo uno nuevo. Las cabras y perras elegantes, nosotras convocadas, lo anunciábamos.

Video de del Canal Youtube de Marcia Cabrera

No veo causalidad alguna entre esos dos pensamientos, solo esa especie de visión que me cambiaba la imagen de un final.

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Hoy (como llegar a un lugar entrañable) descubro a Giulia Adinolfi, leo lo que escribió en 1979 (cuando yo tenía 5 años y ella estaba por morir): “Ahora nos sentimos un poco menos perplejos (lo que no quiere decir más optimistas) respecto de la tarea que habría que proponerse para que tras esta noche oscura de la crisis de una civilización despuntara una humanidad más justa en una Tierra habitable, en vez de un inmenso rebaño de atontados en un ruidoso estercolero químico, farmacéutico y radioactivo” GA, 1979.

Imagen tomada en el Residencia Soberan´a Alimentaria dos puntos, El Levante, 2012 http://www.osala-agroecologia.org/IMG/pdf/Publicacion_EL_Levante.pdf

En 2012, en Argentina, vi por primera vez un feedlot: enorme barrial, sin un centímetro de pasto, en el que las vacas, miles de vacas, nos miraban y nos miraban y nos miraban, sin ánimo siquiera de moverse. ¿Para dónde? No había cómo pastar, no había ese rumiar el día entero, las vacas de boca cerrada nos miraban, solo podían comer cuando les dieran, lo que a bien tuvieran darles: soya, maíz, el forraje de cultivos manipulados, higiénicamente seleccionados, con sus remedios para todas. Ya no eran nunca más libres de husmear y rebuscar a su antojo, escoger una brizna de hierba o una fruta caída, echarse en el pasto, beber y rumiar y rumiar y mugir, nos miraban de pie, sin un ruido, ni siquiera un ruido, en ese estercolero químico y farmacéutico, que sería su vida toda, hasta el sacrificio. 

Giulia Adinolfi, plantea claramente la unión entre ecología y libertad. Liberación del cuerpo propio y liberación del cuerpo redondo y común de La Tierra.

Nada de lo que se hace a la tierra ha dejado de hacerse sobre los cuerpos humanos, y básicamente porque no es posible explotar la tierra sin el trabajo esclavo de las personas: “la mina no se levanta temprano a trabajar”, dice muy bien mi hermana Julia.

Mientras tanto los feedlots inmensos se construyen sobre tierras expropiadas, a humanos y no humanos, a quienes les robaron su lugar, su historia y sus cuerpos.

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En los 70 hubo múltiples alarmas sobre el colapso que sobrevendría en el siglo XXI, con el crecimiento del capitalismo voraz… alarmas con fechas, años precisos, así como múltiples llamados a otras vidas (tal vez como los que hubo en los primeros 30 años del siglo XX con los movimientos indígenas americanos, y con la bienaventurada llegada a estas tierras de cientos de anarquistas). Tal vez el sida, tal vez la caída del comunismo, tal vez nuestra misma avidez humana, silenciaron todas las alertas. Y los 80 y 90 remprendieron con fuerza el desenfreno necesario.

En Colombia, la carrera es de locos.

Hace un año vivo en el campo, por razones ligadas a la pandemia me invitaron a vivir en la finca de una familia amiga. Llegué como ingenua bogotana, como cuando Sancho le dice al Quijote: “No se muera vuestra merced, señor mío… Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado… nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos…”

(Cervantes virtual, Don Quijote y Sancho como pastores)

Pero una cosa es pasar un fin de semana en el campo, otra vivir todos los días y ver pasar los meses: nunca en mi vida vi echar tanto veneno junto. Es de locos. Siempre hay alguien de la vereda fumigando, mañana, tarde y noche. Aquí, cuando llueve, solo al principio huele a tierra húmeda, y luego fuertemente a algún químico, a veterina con herbicida e insecticida, así la lluvia dure varias horas. Ayer mismo, tras horas de lluvia, el olor penetraba la casa.

Estas son caminatas entre pastos que son asperjados generosamente cada mes con glifosato,
se echa glifosato a las hierbas de los caminos, a los potreros de las vacas, a los terrenos de plátanos y naranjas y a las hierbas de las quebradas, en el mismo cauce de las aguas. También se echa lorsban a discreción, pero ese no se ve, solo se huele)

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Hoy por hoy Lovelock, a sus 101 años, dice que ya no ve tan grave la cosa, que la tierra no se ha calentado como él pensó, y que entonces se puede hacer algo, hay la posibilidad de adaptarse a un planeta devastado, con alta tecnología.

Pero el sueño no puede ser el rebaño y el estercolero, con los cuerpos controlados por otros. No sólo porque eso no es vida, sino porque literalmente no es vida: no hay posibilidad de mantener la vida en un peladero con un solo dueño. No hay un centímetro de bosque que no sea múltiple. Y nunca hay un solo dueño, son muchos, negociando. El estercolero es una agonía prolongada.

De todas las alertas de los 70, hoy me resuena clara la de Giulia en esta presentación de la revista Mientras Tanto, y en la que escribe sobre los imperativos para que la tierra sea habitable:

“La línea editorial de la revista queda expresada por sus colores: rojo, verde, violeta y blanco. El rojo expresa su identificación con los proyectos de emancipación social y política de las clases trabajadoras; el verde, su ecologismo; el violeta, su antisexismo, y el blanco, su defensa de la no violencia”

Rincón de la maleza 2020

En estos días he venido haciendo cuatro cosas: colaboro en dejar crecer un malecero (una esquina de la finca, silvestre, donde la naturaleza hace libremente lo que se le da la gana), voy sembrando una huerta, que no ha sido fácil para mí en esta tierra caliente, ingenua bogotana, cocino y comparto con una familia, y leyendo y escribiendo voy examinando esa conexión entre libertad y ecología, que vi ante mí bailando: no se trata de “salvar algo”, ni de dejar algo al futuro, sino de vivir, de quitarse los grilletes como hizo Quintín Lame (de él hablaré luego), de entender qué es la vida.

Lynn Margulis y Dorion Sagan, Qué es la vida, 1995

miedo al autocuidado

Primero lo primero: respeto y duelo por todas las personas que han muerto. Por el coronavirus y por la guerra contra el planeta y sus cuidadores, que nos desangra. Agradecimiento por todos los que han cuidado de las personas desde su saber y convicciones, salvando a la gente, y salvando vidas no humanas también.

Y bueno, ahora sobre el temor al autocuidado.

Le temo al discurso del autocuidado tanto como a la peste. Y no digo que no sea cierto o necesario, yo, como todos, intento seguir instrucciones en este momento. Solo digo que le temo.  

Siempre me he relacionado con agrónomos alternativos, que no echan ningún veneno a las plantas. No son religiosos, son científicos que tienen una mirada diferente a la de la industria alimenticia. Que saben que el suelo está vivo y que las plantas sanas se cuidan solas. Y que revueltas, como en el bosque, distraen a sus comensales. Y que en monocultivo son débiles y perecen sin los venenos que matan a sus “enemigos”.

Siempre he ido al médico homeópata, bioenergético, acupunturista. No son religiosos. Son médicos cirujanos que investigan procesos curativos de culturas milenarias, predican lo básico: un cuerpo bien alimentado, en intercambio con un ambiente sano y sobre todo con un espíritu (emocionalidad o mente) en paz, encuentra el camino de la salud. Con ellos he podido superar una amigdalitis crónica, un ataque a los riñones por el exceso de antibióticos, un supuesto colon irritable que en realidad era un desequilibrio en el hígado. Me pueden decir que es solo fe, pero es difícil que así sea. También en un problema emocional que tuve los psiquiatras hicieron poco con su fluexitina y otros fármacos. Me curaron sicólogos seguidores de varias religiones y gente común, a punta de abrazos.

Hoy casi no encuentro visiones alternativas a la mirada “en pie de guerra” de la medicina oficial occidental: estamos en guerra con un virus, hay que distanciarse de todos, autocuidarse, ponerse mascarilla y gel antibacterial para no infectar a otros ni dejarse infectar. Para que la propagación sea lenta. Y, está bien, yo creo, o más bien, en estos aprietos intento seguir instrucciones. Pero temo que vuela en el ambiente el triunfo moralista del que más se guarda y más se cuida. Y ese triunfo moralista no es científico. Las noticias de pandemia han pasado a contarse en términos morales: que los italianos se enfermaron y están muriendo por pasarla bueno, cuando tenían que ser serios. Que las personas que han regado el coronavirus lo hicieron por perversos y egoístas.

Las soluciones de la medicina occidental, le escuché alguna vez a un médico alternativo, son muy buenas para crisis y emergencias, pero no son convenientes a largo plazo, porque minan la capacidad de respuesta propia del organismo, su equilibrio.

Si admitimos que en este momento de crisis vamos a obedecer a la medicina occidental con todo su saber guerrero, no lo hagamos desde el moralismo, creyéndonos buenos y sabios por hacerlo. Es una catástrofe haber llegado a este punto. Es una catástrofe tener que protegernos de los otros. Y es una catástrofe que muchos no van a poder hacerlo, están en la calle o aún más hacinados que el resto. Y si aceptamos su efectividad en urgencias, no olvidemos que de ningún modo puede ser a largo plazo, nos destruiría en nuestras bases sociales y de cariño a los otros, en nuestra rebeldía y poder.

En estos días de tanta información, he leído artículos sobre biólogos que han podido establecer relaciones entre el arrasamiento de La Tierra, especialmente la tala de bosques, la industria de la carne y el tráfico de gente y animales, con estas pandemias que están surgiendo desde que comenzó el siglo XXI. Der hecho, estoy leyendo otro que las asocia con las del siglo XIX. Entonces, en vez de sólo repetir que mascarilla y gel antibacterial, es necesario recordar, una y otra vez, que si seguimos acaparando y defendiéndonos del mundo, nos vamos a autodestruir.. La solución a largo plazo debe comenzar desde ahora, en este momento de crisis: sería bello que en los noticieros a la par de promover el aislamiento, repitieran que es momentáneo y contaran el trasfondo, le dijeran a la gente que la economía de extracción trae pandemias. Que el gel antibacterial debe ser pronto reemplazado con abrazos y sentido de vida, pues a la larga el gel destruye la defensa de la piel. Que esto no debe durar mucho porque es peligroso para nuestra salud.

Pero difícilmente será así: el autocuidado es el discurso perfecto de la sociedad del control y del silencio. El autocuidado: Estandarte de la moral pública, del que es verdaderamente bueno y consciente. Es el discurso perfecto para la continuación de la guerra contra el planeta: un planeta hostil lleno de virus y bacterias y, lo peor, en el que andamos a ciegas: es imposible saber quién nos enferma, donde saltará el enemigo, sólo el gobierno protector y sus científicos lo saben. Nosotros perdimos todo control y no podemos reconocer lo bueno y lo malo. Perderemos empleos a porrillos, y dependemos aún más de lo que nos suelten.

Leo que en este momento el gobierno chino, para prevenir el coronavirus, obliga a los ciudadanos a reportar su temperatura, que ya no pueden decir no, evadir, que cuando identifican a la persona como portadora del coronavirus envían alerta a los celulares de quienes están próximos. Leo la estrategia rusa. Esto es el horror, esto no lo podemos aceptar, pues no importa la muerte cuando la vida pierde sentido.

Pregonar la obligación y la moralidad del autocuidado, puede tener un precio muy alto en libertad personal y en compasión. En libertad: ya no eres dueño de tu destino, de tu salud, de tu cuerpo, estás obligado a cuidarte o eres un asesino en serie… En compasión: si se instala la costumbre de temer el contacto, el otro pronto dará asco. Los abrazos no son algo menor, y no pueden ser reemplazados con nada.

Esto debe ser por poco tiempo, debemos cuidarnos mucho de que llegue a normalizarse. Y proponemos más bien parar así, como ahora, cada año, cada mes, para que la tierra descanse y tenga su tiempo, los bosques se regeneren y las pandemias sean historias absurdas del pasado extractivista y cruel, del pasado del pensamiento de guerra.

Las pestes son reflejo de mundos devastados y vidas de hacinamiento. De aguas contaminadas y animales y hombres amontonados sin compasión. Solo en los monocultivos prosperan las plagas.

María Buenaventura

Referencias:

Agamben: Contagio y aclaraciones a Contagio

Contagio social: guerra de clases microbiológica en China (Chuang)

coronavirus: Las nuevas pnademias del planeta devastado.

David Quammen: las causas ambientales de la pandemia y los efectos sociales del distanciamiento. https://www.lavaca.org/notas/las-causas-ambientales-de-la-pandemia-y-los-efectos-sociales-del-distanciamiento/?fbclid=IwAR2lGUytxkYD2VMVOuxeqtaIkYx_OQYCP3-1888IGlhiU-w1LxqudKKOHmU

El sueño de la razón: Los hacendados de la pandemia: http://www.biodiversidadla.org/Recomendamos/El-sueno-de-la-razon-Los-hacendados-de-la-pandemia?fbclid=IwAR2As4tkZ1NfWx_1xURwqFQ74mkdMoUXRKmq0ChImQpvnl10BXdr6xKxWAw

Comimos maíz y pescado

Un taxista me dijo un día: “Nosotros venimos de las estrellas”. Yo le pregunté que cómo sabía y me respondió: “La cosa es sencilla, ¿no se da cuenta de la nostalgia que nos da mirarlas?”.

Otro día leí que lo que comemos, en últimas, es luz.

La luz del sol en nuestro caso. Por eso comemos plantas, pues ellas son las únicas que han sabido convertir la luz del sol en cuerpos, en sí mismas.

Otros dicen que el agua es la misma luz, pero más densa, líquida.

El agua llegó a la tierra encaramada en cometas que se estrellaron con esta lava que apenas comenzaba a enfriarse.

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Sólo lo vivo transforma la luz en cuerpos. ¿Eso quiere decir que todo planeta es un ser vivo? Al menos la Tierra lo es.

Luz hecha materia. Hecha células. Carburación del aire.

Como estos maíces, como los cangrejos negros: el agua de los cometas, la luz del sol, el espacio tiempo y la materia oscura.

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Levantar el espacio desde un grano de maíz.

Por aglomeración, pensé en algún momento.

Por el vacío, resultó luego.

El vacío que hace espacio y dirige la mira a lo mínimo, a ese punto.

Todo en clave de 3, tal como se siembra el maíz.: 3 granos: 3 mesas, 30 platos, 3 textos. 1, 2,3 granos para que estallen los planisferios de las mazorcas.

La reconstrucción grano a grano de las mazorcas multicolores, informes, de granos grandes y pequeños, de líneas desorganizadas del altiplano cundiboyacense. Lo contrario a las exigencias de las semillas patentables: homogéneas, estables, nuevas.

La reconstrucción letra a letra en la imprenta de tipos móviles, nunca del todo alineadas, ni de tinta constante. Las mesas-camellones hechas adobe por adobe -que a su vez son aglomeraciones del mínimo polvo. La construcción de un espacio, aparentemente céntrico, que está corrido hacia un lado, un desnivel – tensión que permite la atención y el vacío. El necesario desequilibrio de la vida.

Solo dos bancos, pensadores femeninos.

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Una definición de los biólogos: Un ser vivo es autopoiético: toma materia del ambiente y la transforma en sí mismo. Se crea.

Este proceso de hacerse es el mismo de conocer el mundo: pasar a incorporarlo: no es diferente si por palabras o por bocados.

Un pensamiento de maíz, de trigo, de arroz, de agua del río Sumapaz.

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“Toda pieza de teatro debe estar estructurada sobre lo impar” nos decía Jacques Lecoq, “sino, no hay drama”.

— Qué comeríamos si pudiéramos comernos un pez capitán

Conocí el pez Capitán en antiguos recetarios, libros de costumbres y notas de viajeros del siglo XIX, anécdotas de quienes lo pescaban hacia 1940, noticias de su venta en plazas de mercado incluso hasta 1990. En 2008 salí a buscarlo, como a una leyenda.

El pez del río Bogotá y sus lagunas, señalado como uno de los más exquisitos del mundo por los viajeros del siglo XIX, recordado por los viejos bogotanos y campesinos del altiplano, ha sido desconocido para nosotros, quienes nacimos luego de 1960, cuando se decidió que el río sería convertido en la más grande alcantarilla a cielo abierto.

Por el deterioro de las aguas, no se pueden comer los peces que resisten aún en el alto río Bogotá o sus lagunas, pues sobreviven llenos de venenos y metales en sus músculos.

Como no se puede comer el pez del río, ni de lagunas cercanas a Bogotá, yo seguí buscando: Comería pez Capitán y, como en una comunión, me haría parte de esta Sabana.

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Encontramos a Don Teófilo preguntando en un lado y otro: ¿dónde encontrar pez Capitán? ¿Alguien pesca? Sí, en esa tienda pescan.

Llegamos a la tienda, el dueño no está, su hija nos dice que ellos ya no pescan Capitán: “es negro, es un pescado horroroso, no les va a gustar. Además no se muere con nada, cuando lo sacan del agua dura vivo un día entero, sin agallas ni nada, sigue vivo. Mejor coman trucha”.  “Pero si insisten -‐insistimos-‐ vayan donde Teófilo, él todavía pesca”.

Don Teófilo no quiere que le tomen fotos, solo al pez Capitán. Aprendió a pescar por un tío, vive a orillas de una represa y allí pesca trucha y capitán por igual. Guapucha hay una que otra y no las atrapa. Sólo capitán y trucha. A nadie más que a él le gusta el Capitán. Su tío le enseñó la receta, en leche, es un gran alimento. En octubre, con las lluvias, es cuando más se pesca. Los capitanes suben a desovar y los campesinos mayores bajan con palos y redes, dice que se atrapan a montones.

— Para pescar capitán se hace una red con un costal, y se va pasando cerca a la orilla de la laguna. Con un palo se van golpeando la orilla, para que salga y se meta en la red. Es un pez capaz de vivir en el barro, con poco oxígeno, así que no muere fácil al sacarlo del agua –.

No es posible comer cotidianamente pez capitán, fueron dos ritos de comunión con el río, su búsqueda en época de fuertes lluvias, con ayuda de biólogos, artistas y defensores de ríos, su preparación en común según las recetas de sus pescadores y las recopiladas en relatos y libros del siglo XIX. Tuve también recetas de Guapuchas y cangrejos. Cangrejos no podré comer, son carroñeros, aquellos que aún licúan vivos como elixer de energía en las plazas de mercado, y que más vale no tomar, pues recogen sin pausa la contaminación de tierra y río. Y las guapuchas, ya serán otra historia.

Guapucha, dibujo Humboldt Siglo XIX
Guapucha Ubaté, febrero 2020

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Preparativos

A falta de escamas, al pez lo recubre una baba gruesa, para limpiarla se puede cubrir todo el pescado con ceniza o sal de la mina durante media hora, y luego se lava bien y se limpian por dentro.

Tamal de pescado de río (Recetario siglo XIX)

Después de destripados y lavados los pescados pequeños, se tuesta una buena porción de pepitas de ají o chiles colorados con vena y todo en un poquito de vinagre aguado y se sazona con bastante sal y pimienta. Se le agrega un poquito de aceite y se bate a que quede espeso. Se bañan bien los pescados en este caldillo, se reúnen tres o cuatro y se envuelven en hojas, se atan y se ponen al rescoldo o a fuego manso, y cuando ya estén asados, se sirven sólos o con cebolla y perejil picado, vinagre y aceite.

Tal como lo afirman viajeros y residentes, es un pescado maravilloso. No necesita limón, ni ácido alguno. Con su sabor suave, entre la carne blanca del cangrejo de mar y un dejo terroso, de río. Recuerda la tierra como el sabor a tierra de la nuez de nogal. Como un gran bocado de nueces tostadas y molidas. Esta sería la mejor receta: guamuica con achiote y nuez de nogal, asado en hojas de chizga, a orillas del río.

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Me inquietan los habitantes del agua, porque vivimos llenos de agua en Bogotá. Agua que aún nos sobrevive y que inunda cada octubre las avenidas y garajes. Agua que no paran de sacar cuando van a construir, que tienen que tirar y esparcir con motobombas, y que causa que los edificios de esta ciudad se vayan ladeando y hundiendo con el paso del tiempo.

Recuerdo las granizadas, las heladas, y mucho las intensas lluvias de 2010 y 2011 y la emoción que me dio ver el agua salirse de madre en la sabana — a mí que no tengo nada ni nada que perder, solo el agua—.

Alguna vez me encontré con una fotografía aérea de la Sabana de Bogotá, del área de Tibayuyes – Suba, en las riveras del río, que mostraba los rastros del sistema de siembra muisca, en camellones y canales de agua.

Dibujo basado en fotografía aérea IAC 1957

En ella se fijó mucho antes la antropóloga Sylvia Broadvent, en los 60. Y se encargó entonces, en el 67, de conseguir una avioneta y sobrevolar las cuencas de la Sabana, descubriendo los rastros de una tecnología de cultivo que se había olvidado en Bogotá, que atraviesa nuestro continente y que se habría perdido para siempre si no la buscan, pues hoy casi no queda una huella, por la urbanización, la intervención de maquinaria pesada en ríos y humedales y la intensa explotación de estas tierras.

Dibujo de las huellas de camellones en la conejera, basado en fotografía aérea de Sylvia Broadbent, 1968. La fotografía se puede ver en el artículo artículo: Sylvia Broadbent: una mujer polifacética, de Marianne Cardale de Schrimpff. Aquí

“Las prácticas agrícolas de los Muiscas fueron un asunto que poco interesó a los cronistas de la colonia. Apenas tenemos una referencia concreta al sistema de camellones, hecha por Fray Pedro de Aguado, quien afirmó que el maíz entregado como tributo por los Muiscas no era cultivado de forma tradicional sino en «cierta manera de camellones altos que hacen a mano» (Aguado 1957 [1582] v 4: 143). Después el silencio se instaló y solo volvemos a oír hablar de esa ya «antigua forma de cultivo» en el siglo XIX, por boca de Humboldt y Acosta, pero también en este caso mediante breves referencias (Broadbent 1968). Su estudio solo se inició con Sylvia Broadbent en los años 60 (…) Ella identificó por primera vez los camellones que se encuentran entre Suba y Guaymaral, a través de la fotointerpretación (1968), y llevó a cabo trabajos de reconocimiento en campo y de excavación que le permitieron verificar la técnica de construcción: plataformas elevadas para el cultivo y canales para controlar el exceso de humedad por alto nivel freático (1987). (…)

(…) El agua también proveía importantes recursos alimenticios. Los ríos, lagunas y humedales abrigaban una amplia variedad de animales pequeños como pájaros, patos, roedores, moluscos de agua dulce y pescado; recursos importantes dado que el altiplano no poseía animales de gran porte, salvo los venados que, además, tenían un consumo restringido a los caciques y las personas autorizadas por ellos (Ghisletti 1954 v 2: 79). La pesca era una actividad central en la vida económica de los Muiscas, como lo muestran diversos testimonios en la documentación colonial, en los que se dice que era practicada en las vegas y ríos de Funza (Indios del pueblo de Bogotá… Escribanía de Cámara: 763), «… en el Río de Chinga (actual río Serrezuela) y en las ciénagas que están junto a su pueblo [de Bogotá]…», donde tenían zanjas y corrales (Bernal 1990: 46). Fray Pedro Simón referencia la región de El Tabaco como un sitio importante para la pesca (Simón 1981 [1625] v 2: 254-256). Otros documentos también mencionan a Fontibón. Los indios de esta parcialidad declararon en 1605 que tenían «…en el rio de Fontibón ciertos hoyos y pesquería que heredamos de nuestros abuelos y antepasados…» (Langebaek 1987: 72). [1]

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Las tres mesas – camellones:

(Del correo de difusión 02|02|2020) Queridos todos,

Mañana llegan a la Galería Santa Fe siete toneladas de una tierra que cuenta una larga historia de esta Sabana: tierra de Ubaté que fue pisada y moldeada en adobes hace unos 300 años, según calculamos con los vecinos de la vereda La Isla, en límites entre Ubaté y Guachetá.

Son 600, de la casa que tenía Don José Latorre, y que se cayó con las lluvias hace años, casa que queda cerca a la de un artista, Óscar Urrego, y de su familia, los Garzón Casallas. Ellos me ayudaron a encontrarlos, y luego a sacarlos uno a uno de los muros, y ya los montan al camión y llegan mañana.

Con ellos y barro de chircal de allí mismo, levantaremos tres tapias bajas en la Galería Santa Fe, hileras que servirán de mesas en el festín de Alguna vez comimos maíz y pescado, instalación de lugar, nominada al Premio Luis Caballero.

La forma de la mesa de adobe es la de los antiguos camellones de siembra, cúmulos de tierra separados por canales de agua donde también se criaban peces y cangrejos, tecnología de cultivo que evitaba el daño por heladas y que prácticamente desapareció de esta Sabana. Hoy la conser- van muy pocos campesinos, y en menor escala. Mientras, solo comenzó a ser registrada y redescubierta por la academia en 1960 y hoy sus huellas se están borrando, por la urbanización de estos lugares.

En todas las piezas y acciones de la instalación Alguna vez comimos maíz y pescado se involucra el trabajo de un grupo grande de amigos: artistas y activistas de Boyacá a Usme, del altiplano a la desembocadura del río Bogotá, activistas que son también custodios y apicultores, maestros de obra de la vereda La Isla y La Punta, artesanos de la Chamba, cocineros de la Plaza de la Concordia, o lo artistas editores bogotanos que guardaron los tipos móviles de una imprenta.

Así, lo que habrá en sala será un mapa material de la cuenca del río Bogotá: Límites con Boyacá, Ubaté, Suesca, Usme, Chapinero y Teusaquillo, La Chamba. Para conseguir cada una de estas cosas, he tenido el placer y el dolor de seguir de norte a sur y de sur a norte, de oriente a occidente, desde su nacimiento a su desembocadura, al río Bogotá.

Y he seguido sus ríos tributarios, humedales y represas, buscando en ellos y en el Bogotá, al pez Capitán, a los Cangrejos Negros, las Guapuchas y los Capitanejos. Todos están vivos, entre nosotros, aún. En el Bogotá hasta Suesca, en el Vicachá o el Arzobispo sólo en los cerros, y en algunos humedales a la orilla de las vías.

Espero puedan ir el 13 de febrero a la apertura. Esta es mi expectativa compartida, ya les llegará la invitación, cuando lllevemos las mazorcas del custodio de semillas Fabriciano Ortiz, vayan haciendo ganas de bocados de maíz para el 13 y de preparaciones de pescado para el 14.

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De nada sirve mostrar lo que ya sabemos, si la tragedia que se mira es la sabida. ¿Quién sabe de lo que sobrevive? Del pez capitán, de las guapuchas, de los maíces.

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2012 – Recibo este correo de Ana Broccoli, agrónoma, activista por la libertad de las semillas, poeta, amiga, que murió hace muy poco:

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2017 – Entrevista con Fabriciano Ortiz, custodio de semillas. Provincia de Márquez, Boyacá:

“Ser custodio o guardián de semillas es aquella persona que dedica abnegadamente su vida y todos sus esfuerzos al rescate, a la custodia, a la reproducción, a la socialización, sobre todo de aquellas semillas que están en peligro de extinción, que están casi desaparecidas.

“Eso no es que me lleno el estómago con cualquier cosa y ya… no. La práctica de la agricultura ancestral, de la agricultura orgánica y sostenible es creatividad, es innovación. Mientras que la práctica de la agricultura convencional no es más que sumisión, por decirlo así, porque pues uno está ahí encadenado a los productos y las semillas que le vendan para poderse alimentar. No hay mejor satisfacción que obtener algo que usted inventó, que usted descubrió, que usted puso en práctica. Y no hacer algo que otros le han impuesto.

Eso es muy lindo, la práctica de la agricultura orgánica y sostenible. ¿Qué más satisfacción que estar uno resistiendo, que estar uno luchando por lo que es de uno?

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Referencias

Relatos de Viajeros del siglo XIX – Boussingault, Mollien, Saffray, Hamilton.

Recetarios del siglo XIX – la receta es de “John Truth” – Jerónimo Argaez.

Rodríguez-Forero, A. (ed.) ¿Quién es el capitán? Univ. del Rosario – Fac. de Jurisprudencia / Fundación al Verde Vivo. Edit. Univ. del Rosario. Bogotá D. C. (Colombia), 125 p.

Artículos de prensa: http://www.humboldt.org.co/es/boletines-y-comunicados/item/1401-el-capitanejo-aun-vive-en-el-mismo-sitio-de-hace-117-anos

La construcción del paisaje agrícola prehispánico en los Andes colombianos: el caso de la Sabana de Bogotá, de Lorena Rodríguez Gallo. https://revistascientificas.us.es/index.php/spal/article/view/8082/7515

crónica de la huerta y el rincón de maleza

Desde hace casi un año vivo en una finca de tierra caliente, en el occidente de Caldas, a mil metros de altura, cerca al río Cauca. Fui invitada por causa de la pandemia y aquí estamos, en casa de una familia amiga. Oportunidad contradictoria, en medio de un mundo de dolor y muerte, puedo dedicarme a vivir y a conocer la Vida.

Desde el primer día he sembrado, con poco éxito, me ha quedado difícil entender el cambio de clima, los animales, el sol, la tierra, pero ahora que empiezo a entender algo, y algunas plantas han arraigado, me animo a escribir. Al mismo tiempo veo crecer el rincón de maleza, que tiene más tiempo, pues desde hace 4 años marcamos un pedazo donde la naturaleza pudiera crecer libremente, hacer lo que le diera la real gana. Y ha sido tan bello, que desde hace 6 meses ampliamos ese espacio. Sembrar yo y ver la otra siembra, la que hacen los demás animales y plantas, hongos y bacterias, y tratar así de entender este lugar vivo, ha sido una muy profunda felicidad. En este tiempo, además, me han acompañado tres niños, hemos hecho lombricultivo, pacas, observación de bichos, semilleros.

También he cocinado maíz y fríjol de mil formas, sembrado aquí, ese sí con mucho éxito, pero claro, por la ayuda del agregado de la finca.